Inteligencia Artificial · May 2026

Contrato roto

La Generación Z lleva tiempo nerviosa. Inquieta. Preocupada. Y lo están empezando a decir en voz alta.

Dos oradores fueron abucheados en ceremonias de graduación en EE.UU. por hablar sobre IA. Primero Gloria Caulfield, ejecutiva inmobiliaria, en la Universidad de Florida Central. Dijo que «el auge de la inteligencia artificial es la próxima revolución industrial». Los graduados la interrumpieron con abucheos.

Igualmente Eric Schmidt, ex CEO de Google, en la Universidad de Arizona, afirmó «ustedes ayudarán a dar forma a la inteligencia artificial» y la reacción fue tan intensa que tuvo que hablar por encima del ruido. Schmidt continuó: «cuando alguien les ofrece un lugar en el cohete, no preguntan qué asiento, simplemente se suben». El público no se lo agradeció.

Lo curioso es que no eran conferencias técnicas. Eran graduaciones universitarias. El momento en que una generación celebra la llegada a la meta de su formación y su entrada al mercado laboral. Que el abucheo se produjera ahí no es casualidad.

La Generación Z creció con una promesa implícita: estudia, fórmate, empieza por abajo, aprende, sube. El primer trabajo, por precario que fuera, era el escalón. La puerta de entrada. Y resulta que precisamente ese escalón — el trabajo junior, de entrada, el que nadie quiere pero que todos necesitan haber tenido — es el primero que la IA está eliminando. No el trabajo de los séniors con veinte años de experiencia. El de ellos.

Un estudio reciente sobre 2.400 trabajadores en EE.UU., Reino Unido y Europa lo confirma: el 44% de los trabajadores de la Generación Z admite sabotear activamente la adopción de la IA en sus empresas. No por ignorancia tecnológica — son la generación más digitalizada de la historia —, sino por miedo a quedar fuera antes de haber entrado.

La ironía es que el mismo estudio concluye que quienes rechazan la IA son más vulnerables al despido que quienes la adoptan. Están atrapados. Y lo saben.

Lo que estamos viendo no es tecnofobia. Es la reacción lógica de una generación que percibe que las reglas del juego cambiaron sin que nadie les avisara, y que el beneficio de ese cambio no les corresponde a ellos.

Eso tiene un nombre: un contrato social roto.

La pregunta que me hago es si alguien en las empresas está escuchando eso, o si estamos tan ocupados midiendo la productividad que nos perdemos el problema de fondo.

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