Mediación · Jul 2026

Un menú recortado

Hace unos meses desarrollé una propuesta de investigación en psicología social sobre algo que podría parecer totalmente lejano a mi práctica como abogado: los mecanismos psicosociales que influyen en cómo las mujeres españolas eligen el tipo de parto (medicalizado o no). Quiero ser claro desde el principio: la investigación no pretendía valorar qué tipo de parto es mejor ni peor (esa es una decisión médica y personal que corresponde a cada mujer y a sus profesionales sanitarios). Lo que me interesaba era otra cosa: entender por qué se elige lo que se elige, y si esa elección es realmente tan libre como parece. De hecho, el mecanismo que analizamos es aplicable a múltiples situaciones que vemos a diario en nuestra práctica como abogados.

Más del 99% de los partos en España tienen lugar en hospitales y son medicalizados. La tasa de cesáreas supera el 26% (muy por encima de lo que la OMS considera justificable por motivos clínicos). Esos números no se explican solo con la medicina, y la hipótesis a investigar era que posiblemente algo más está operando en la toma de la decisión.

La explicación clásica se centra en el miedo: las mujeres escuchan relatos negativos sobre el parto natural (de su entorno, de los medios, del propio sistema sanitario) y eso reduce su confianza (autoeficacia percibida) en que puedan afrontarlo. Es una explicación razonable, pero insuficiente. ¿De verdad casi el 100% de las madres españolas carece de los recursos para afrontar un parto natural? Estadísticamente es poco sostenible. La propuesta de investigación trataba de dilucidar qué mecanismos inciden en la decisión. Como digo, el objeto (parto natural o medicalizado) era solo la excusa del estudio, ya que lo relevante no es el objeto de la decisión (el tipo de parto) sino el proceso de decisión y los posibles determinantes.

La investigación proponía una segunda explicación (además del miedo), de corte social, complementaria y no excluyente: la «norma social percibida». No se trata solo de que la mujer tenga miedo, sino de que en su entorno (familia, amigas, personal sanitario) el parto medicalizado es simplemente «lo que se hace». La norma no prohíbe el parto natural; lo convierte en algo que requiere justificación, casi en un acto de rebeldía. Y cuando expresar confianza en tu capacidad para hacer algo que tu grupo no hace resulta incongruente con tu identidad social, la mayoría de las personas ajustan su autoconfianza expresada a la baja (es un fenómeno que se denomina «autoestereotipia»). No porque no se sientan capaces, sino porque manifestarlo las podría situar fuera del grupo.

Hasta aquí, un mecanismo psicosocial aplicado a una decisión concreta. Pero durante la investigación surgió una observación que cambió mi forma de ver el problema: muchas de estas mujeres no es que eligieran el parto medicalizado bajo presión. Es que ni siquiera sabían que tenían otra opción. En la consulta de la matrona no se habla del parto no medicalizado. Se da por hecho que el parto será hospitalario, programado y medicalizado. La alternativa no se rechaza — directamente no se presenta.

Esa observación contiene una idea que va mucho más allá de nuestro estudio (que, como digo, tenía realmente por objeto no el tipo de parto sino el mecanismo de elección y la constatación de la existencia de una «vía normativa»), y más allá de la medicina: la presión social más eficaz no es la que te empuja hacia una opción. Es la que te hace invisible la otra.

El menú que no vemos

Pensemos en cómo tomamos decisiones. Nos gusta creer que evaluamos las opciones disponibles, sopesamos pros y contras, y elegimos. Pero ese proceso asume algo que rara vez cuestionamos: que conocemos todas las opciones. ¿Y si el verdadero condicionante no fuera la presión sobre nuestra elección, sino la edición previa del menú?

Hay una diferencia cualitativa enorme entre dos situaciones:

  • «Sé que existe una alternativa, pero la presión de mi entorno me empuja a no elegirla.»
  • «Ni siquiera percibo que haya alternativa.»

En la primera hay conflicto interno, tensión, una decisión difícil. En la segunda no hay nada de eso: la persona «elige» con tranquilidad, convencida de que está decidiendo libremente, sin sospechar que su menú de opciones llegó recortado. No hay malestar porque no hay disonancia. Y eso hace que este segundo mecanismo sea mucho más difícil de detectar (y mucho más potente) que la presión directa.

Creemos que elegimos porque escogemos, pero las opciones que nos dan no son todas las que existen; nuestra percepción de elección puede ser solo una ilusión.

Esto ocurre cada día en las empresas

Insisto: no estoy haciendo un juicio sobre el parto (y no era el objeto del estudio); cada mujer debe decidir con su médico lo que mejor le convenga. Lo que me fascinó es el mecanismo psicosocial que podría estar operando detrás de la elección, porque llevo más de veinticinco años asesorando a empresarios, consejos de administración y socios en conflicto, y lo que he visto, una y otra vez, es exactamente este mismo mecanismo operando en decisiones empresariales de enorme trascendencia:

El socio bloqueado que lleva tres años en un litigio. Dos socios al 50% que no se ponen de acuerdo. El conflicto escala. Cada uno contrata a su abogado. Empiezan los procedimientos judiciales. Pasan los años, se destruye valor, la relación se hace irrecuperable. En ningún momento ni su abogado, ni su entorno, ni su propia experiencia le presentó la mediación como una opción real. No es que la rechazara; es que no figuraba en su mapa. Su «menú» tenía solo dos opciones: ceder o litigar. La tercera, sentarse con un profesional neutral a buscar un acuerdo, era invisible, inexistente.

La empresa familiar donde nadie dice lo que piensa. El padre fundador preside el consejo. Los hijos participan en la gestión. Hay tensiones sobre la dirección estratégica, sobre la sucesión, sobre el reparto. Pero en las reuniones nadie expresa su posición real, porque la norma familiar implícita («no se cuestiona al padre en público») inhibe la expresión de cualquier desacuerdo. Los hijos no carecen de criterio; carecen de un espacio donde expresarlo sin amenazar su pertenencia al grupo familiar. Y como nadie en su entorno ha visto nunca una familia empresaria que gestione sus desacuerdos con un mediador, esa posibilidad no existe en su universo de opciones.

El directivo que no discrepa en el comité. Ve los riesgos de una operación, pero el resto del comité la apoya con entusiasmo. No dice nada, o dice lo mínimo, porque expresar una opinión contraria a la del grupo requeriría «justificarse» (exactamente el mecanismo de la presión normativa). Meses después, cuando la operación fracasa, todos dicen que «nadie vio las señales». Las señales las vio. Lo que no existía era un espacio donde expresarlas sin coste social.

La alternativa invisible

En todos estos casos, el problema no es la falta de soluciones. Las soluciones existen: la mediación existe, el protocolo familiar existe, la facilitación de equipos directivos existe. El problema es que para la mayoría de los empresarios españoles, estas herramientas no forman parte de «lo que se hace». Y cuando algo no forma parte de lo que «tu grupo hace», no solo es difícil elegirlo — es casi imposible incluso concebirlo como opción.

La norma social no necesita ser explícita para ser eficaz. Nadie le dice al empresario «no vayas a mediación». Simplemente, nadie le dice que puede ir. Su abogado le habla de demandas y contestaciones. Su entorno le cuenta historias de juicios ganados o perdidos. Los medios de comunicación cubren sentencias, no acuerdos. El sistema judicial es «lo normal» de la misma manera que el hospital y la medicalización es «lo normal» para parir: no porque sea la única opción, sino porque es la única visible.

Cambiar la norma, una conversación a la vez

Si la norma social invisibiliza las alternativas, ¿cómo se cambia? La respuesta, paradójicamente, está en el mismo mecanismo que la sostiene: los relatos.

En mi investigación documenté cómo los relatos negativos de segundo orden — las historias que nos cuentan otros sobre sus experiencias — refuerzan la norma dominante. Pero el mecanismo funciona en ambas direcciones. Cada historia de alguien que exploró una alternativa y le fue bien erosiona un poco la norma. Cada persona que dice «yo elegí diferente y no me arrepiento» amplía el menú de opciones para la siguiente.

Lo mismo ocurre con la mediación y la resolución alternativa de conflictos. Cada empresario que resuelve un bloqueo societario en dos sesiones de mediación en lugar de en tres años de litigio, y lo cuenta, está cambiando la norma para su sector. Cada familia empresaria que gestiona su sucesión con ayuda profesional y habla de ello está haciendo visible una opción que para otros era invisible.

El cambio normativo no viene de las leyes, aunque ayudan: la reciente reforma MASC, que hace obligatorio el intento de mediación antes de acudir a los tribunales, es un paso importante precisamente porque fuerza la visibilidad de una alternativa que el sistema había invisibilizado. El cambio normativo profundo viene de las conversaciones, de los precedentes cercanos, de los relatos de quienes eligieron diferente y les fue bien.

La pregunta que no nos hacemos

La próxima vez que te encuentres ante una decisión importante (empresarial, profesional, personal) hazte una pregunta antes de elegir: ¿estoy eligiendo entre todas las opciones que existen, o solo entre las que mi entorno me ha hecho visibles?

Si la respuesta te genera la más mínima duda, probablemente haya una alternativa que no estás viendo. No porque seas incapaz de verla, sino porque nadie a tu alrededor la ha nombrado todavía.

A veces, lo más valioso que puede hacer un profesional no es resolver tu problema. Es hacerte ver que tenías una opción que no sabías que existía.

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