Sobre qué es en realidad el pensamiento crítico, en qué se diferencia del pensamiento posformal, y por qué es esta segunda habilidad la que de verdad protege a un profesional frente a la IA.
La expresión «pensamiento crítico» está de moda. Aparece en las conversaciones sobre IA, en el folleto de cualquier máster, en innumerables cenas de amigos, etc. «Pensar críticamente» es algo que parece exigirse a todo el mundo. Se empieza incluso a pedir su inclusión como materia en los colegios (como si fuera una materia).
En muchos comentarios que leo veo que el concepto se presenta como una especie de «bálsamo de Fierabrás» válido para protegernos de los efectos del posible cambio de paradigma económico que nos trae la IA: si temes que la tecnología te despida, deja de preocuparte, solo pon un poco de «pensamiento crítico» en tu vida y el problema desaparecerá.
Cabe preguntarse, sin embargo, si lo que de verdad protege frente a la IA es el pensamiento crítico o es otra cosa distinta, algo que depende mucho más de la historia y la experiencia acumulada de cada uno. Ese «algo» tiene nombre propio en psicología: «pensamiento posformal», y a él volveremos más adelante en este texto.
Pensar y «pensar críticamente»
Exceptuando a algunos filósofos y psicólogos (especializados en cognición y pensamiento), pocos son capaces de explicar qué significa «pensar», menos aún qué significa «pensar críticamente», y no digo ya qué distingue este tipo de pensamiento de otros como el «pensamiento automático o intuitivo», el «pensamiento grupal», el «pensamiento puramente lógico», el «pensamiento dogmático», o simplemente alcanzar la conclusión que ya nos convenía desde el principio, a lo que la psicología llama «pensamiento motivado».
No pretendo ser denso (que luego recibo quejas), pero es importante dar, aunque sea, algún concepto técnico de lo que es pensar. Si no lo hacemos, lo que digo en este artículo no va a pasar de ser otra «cena de amigos».
Pensar no es un acto único ni uniforme. En su sentido más amplio, la psicología cognitiva lo define como el proceso mediante el cual manipulamos mentalmente representaciones (recuerdos, percepciones, conceptos) para extraer inferencias, resolver problemas o llegar a una conclusión. Esta es la definición más compartida entre filósofos y psicólogos. Si analizamos la definición, caeremos en la cuenta de que, dentro de ella, caben formas de pensar muy distintas entre sí: recordar dónde dejamos las llaves, reconocer la cara de alguien por la calle, resolver un cálculo mental, imaginar cómo va a ir una reunión antes de que ocurra, dar vueltas a una preocupación mientras intentamos dormir, aplicar la lógica formal a un problema matemático, etc. ¿Cuál de todos esos procesos merece el adjetivo «crítico»? (Si es que alguno lo merece).
Lo que los estudios serios sobre el pensamiento crítico tienen claro, y el uso coloquial de la expresión olvida por completo, es que pensar críticamente no es un rasgo fijo de la persona, sino algo que se ejerce, o no, en cada ocasión concreta. Pero hay algo más: no se trata simplemente de un interruptor que la persona decide encender o apagar, sino de una habilidad que ha de construirse previamente, y no todo el mundo llega a construirla.
John Dewey fue de los primeros en tomarse la pregunta en serio, ya en 1910. Lo llamó «juicio suspendido». Para Dewey, el «juicio suspendido» (cercano a lo que hoy llamamos pensamiento crítico) consiste en la disposición a mantener abierta una indagación antes de llegar a ninguna conclusión, en lugar de dejar que la conclusión llegue primero y la indagación se limite después a justificarla.
Casi ochenta años más tarde, Peter Facione ofreció una definición más técnica, aunque en la misma dirección. Para Facione, pensar críticamente es ejercer un «juicio autorregulado y con propósito». La palabra clave ahí es autorregulado. No basta con vigilar que el argumento del otro sea sólido. Hay que estar dispuesto a someter las propias premisas al mismo escrutinio, algo mucho menos habitual de lo que nos gustaría admitir. Esto es clave, ya que, como decía antes, cuando hablamos de pensamiento crítico hablamos de ello como algo a exigir a los demás, y esto debe empezar con una autoexigencia.
Entre Dewey y Facione hay casi un siglo de distancia, pero coinciden en algo que conviene subrayar: pensar críticamente no es un estado que una persona alcanza de una vez para siempre, como si fuera un título o un diploma. Es un proceso que se ejerce, o no se ejerce, en cada ocasión concreta. Se puede haber pensado con rigor ayer y con pereza hoy, sobre el mismo tipo de problema y en el mismo despacho.
Robert Ennis, otro de los autores más citados en este campo, añadió un matiz que suele pasar desapercibido: no basta con tener la destreza técnica de analizar un argumento ajeno o de construir el propio, hace falta, además, la disposición real a hacerlo, incluso (o sobre todo) cuando la conclusión a la que se llega resulta incómoda. Se puede ser muy capaz de detectar una falacia en el argumento del otro y, al mismo tiempo, no tener ningún interés real en aplicar ese mismo criterio al propio.
Ahí está, probablemente, el fallo más frecuente que veo en la práctica profesional. Exigimos rigor al argumento del otro y nos dispensamos a nosotros mismos de aplicar el mismo estándar al propio. Eso no es pensamiento crítico. Es, como mucho, retórica bien vestida.
Lo que no es, aunque se le parezca
De lo anterior tenemos ya una idea de lo que puede ser «pensar críticamente». Pero antes de ofrecer una definición, y de analizar si ese concepto es condición necesaria Y suficiente para blindarse frente a la IA (o solo necesaria, pero no suficiente), es conveniente distinguir el pensamiento crítico de otros tipos de pensamiento.
Efectivamente, si existe un pensamiento que merece llamarse «crítico», tiene que haber otros que no lo son. Merece la pena nombrarlos:
No es pensamiento automático. La psicología cognitiva distingue desde hace décadas entre un sistema de pensamiento automático e intuitivo (al que para simplificar llaman «sistema 1») y otro deliberado y lento («sistema 2»). Popularmente se asume que el segundo es «el racional» y el primero «el que se equivoca», pero la investigación es más cauta: ambos pueden acertar y ambos pueden fallar. Un abogado que decide en los primeros cinco minutos de leer un expediente quién tiene razón, y dedica las tres horas siguientes no a comprobar si esa primera impresión era correcta, sino a redactar el escrito que la justifique, no ha pensado mejor por haberle dedicado más tiempo. Simplemente ha usado la deliberación como maquillaje de una intuición previa.
No es pensamiento grupal. Hay una variante colectiva de la misma trampa, y quien mejor la describió fue el psicólogo Irving Janis, en 1972, estudiando decisiones políticas y militares que salieron mal a pesar de haber sido tomadas por personas competentes reunidas en la misma sala. La llamó groupthink, pensamiento de grupo: un grupo cohesionado deja de buscar la mejor respuesta y empieza, sin darse cuenta, a proteger su propia unanimidad, y quien discrepa aprende deprisa a callarse antes de convertirse en el obstáculo del consenso. Un comité que delibera tres horas y llega exactamente a la conclusión que todos querían desde el minuto uno no ha pensado mejor por ello. Simplemente ha usado la deliberación como maquillaje de una intuición previa, casi siempre la del que manda en la sala, a quien nadie quiere ser el primero en contradecir.
No es pensamiento puramente lógico. Esta es, quizá, la confusión más extendida entre quienes venimos del mundo jurídico. Creemos que pensar bien es razonar como un silogismo: premisa mayor, premisa menor, conclusión. La vida rara vez presenta problemas tan limpios.
Algunos psicólogos del desarrollo han descrito, con nombre propio, un tipo de razonamiento maduro que nunca se resuelve en un silogismo: la capacidad de sostener dos posturas legítimas en tensión sin forzar una resolución lógica prematura, reconociendo que ambas partes tienen razones de peso y que la solución no consiste en elegir quién tiene razón, sino en integrar lo que cada una aporta. A esta capacidad la llaman pensamiento posformal. Y esto es lo importante: la sitúan por encima de la lógica formal en la escala de madurez intelectual, no por debajo. Tener esa capacidad, además, no basta por sí sola. Hace falta también querer ejercerla, incluso cuando resolver la tensión con un simple sí o un no sería mucho más cómodo. Volveremos sobre ella con más detalle un poco más adelante.
No es alcanzar la conclusión que nos conviene. La psicóloga Ziva Kunda lo llamó, en un artículo ya clásico de 1990, «razonamiento motivado». Es probablemente el tipo de pensamiento que con más frecuencia se disfraza de pensamiento crítico, porque desde dentro no se siente como un sesgo. La persona cree sinceramente que está razonando con rigor, cuando en realidad está construyendo, con mucha habilidad técnica, un argumento al servicio de una conclusión que ya había decidido de antemano por interés, miedo o conveniencia.
Y aquí aparece algo incómodo: la destreza intelectual no protege de este sesgo. Lo blinda mejor. En un estudio ya clásico, investigadores de Yale dieron a más de mil adultos un problema estadístico idéntico, presentado unas veces con datos neutros y otras con datos políticamente sensibles. Cuanto mayor era la destreza numérica de los participantes, mejor resolvían el problema neutro, como cabría esperar. Pero en el problema políticamente cargado, esa misma destreza numérica solo ayudaba cuando la respuesta correcta coincidía con lo que el participante ya quería creer. Más capacidad analítica, en ese caso concreto, no significó más verdad. Significó mejor racionalización.
El psicólogo Keith Stanovich tiene un nombre preciso para el fenómeno de fondo: dysrationalia, la capacidad de ser muy inteligente y sistemáticamente irracional al mismo tiempo.
No es pensamiento dogmático. Partir de una autoridad, ya sea una norma, una tradición o un precedente citado sin más, y no admitir siquiera la posibilidad de que la conclusión correcta difiera de lo que esa autoridad dictó, es exactamente lo contrario del pensamiento crítico. Por muy bien argumentado que esté.
Entonces, ¿qué es?
La definición, recogiendo lo dicho hasta aquí: pensar críticamente es ejercer, en cada ocasión concreta, un juicio autorregulado y con propósito, que suspende la conclusión mientras dura la indagación, que somete las propias premisas al mismo escrutinio que las del contrario, y que se mantiene incluso cuando el resultado resulta incómodo para quien piensa. No es un rasgo que se tiene. Es algo que se hace, o que no se hace, cada vez.
¿Se puede aprender a pensar críticamente?
Sí y no. Y la respuesta honesta importa más que la cómoda.
Sí, en el sentido de que existen destrezas concretas y perfectamente enseñables.
- Se puede aprender a reconocer una falacia.
- Se puede aprender a aplicar criterios explícitos de evaluación: si una afirmación es clara, si es precisa, si considera puntos de vista distintos del propio, si trata la postura contraria con la misma seriedad con la que trata la suya.
- Se puede entrenar el ojo para detectar cuándo un argumento técnicamente correcto sirve, en realidad, a una conclusión decidida de antemano por interés o por miedo. Todo esto se enseña, se practica y mejora con la repetición, como cualquier otra destreza profesional.
- Se puede aprender a detectar lo que un argumento da por hecho sin decirlo: la premisa oculta que, si resultara falsa, haría caer toda la conclusión.
- Se puede aprender a construir, antes de rebatirlo, la versión más fuerte del argumento contrario, en lugar de la más fácil de tumbar (lo que se conoce como steelmanning).
- Se puede aprender a evaluar si una fuente o un dato merece la confianza que se le da: quién lo dice, cómo lo sabe, y qué interés tiene en que la respuesta sea una y no otra.
- Se puede aprender a distinguir correlación de causalidad, y a detectar cuándo una estadística insinúa más de lo que en realidad demuestra.
Pero no, en el sentido de que un curso genérico de «pensamiento crítico» de un par de horas no produce el juicio maduro que de verdad importa, por bien diseñado que esté el PowerPoint.
El psicólogo cognitivo Daniel Willingham lo demostró de forma bastante incómoda para toda la industria de la formación en esta materia. El pensamiento crítico depende decisivamente del conocimiento específico de cada dominio. Es decir, que antes de poder pensar críticamente sobre un tema es necesario haber estudiado, y mucho, ese tema (tanto en cantidad como en tiempo).
Willingham también observó que las destrezas genéricas, desconectadas de un ámbito de conocimiento concreto, apenas se transfieren de un contexto a otro. Es decir, saber detectar una falacia en un debate televisado no le prepara a uno, automáticamente, para detectarla en una cláusula contractual.
Además de conocimiento y destrezas (que, como digo, parecen ser dependientes del dominio), hay algo todavía más determinante: un conjunto de rasgos y estados que, si no se activan, impiden la emergencia del pensamiento crítico. La disposición, la apertura mental, la tolerancia a la ambigüedad, la voluntad genuina de descubrir que uno estaba equivocado. Lamentablemente, estos componentes no se instalan con una charla motivacional de una tarde. Se cultivan despacio, casi siempre a través de años de exposición real a problemas ambiguos en los que equivocarse cuesta algo de verdad. El pensamiento crítico maduro no es algo que se imparte en un aula. Es algo que se gana con el tiempo, a menudo a golpes.
El pensamiento posformal
Para entender qué es el pensamiento posformal conviene, primero, situarlo donde termina el pensamiento formal.
Jean Piaget describió, ya en los años cuarenta, cuatro etapas del desarrollo cognitivo humano, la última de las cuales llamó «operaciones formales». Alrededor de los doce años, el ser humano empieza a poder desprenderse de lo concreto (lo que se ve y se toca) para razonar con símbolos, conceptos e ideas abstractas: la mente ya no necesita trabajar con los detalles concretos de «casa» (paredes, cubierta, forjados), le basta con el símbolo verbal «casa». Esta capacidad se perfecciona en la edad adulta, y durante décadas se consideró el techo del desarrollo intelectual. No es casualidad que sea, también, el terreno donde una inteligencia artificial se mueve con soltura: aplicar reglas, manejar símbolos y resolver problemas bien definidos es, en esencia, pensamiento formal, y una máquina ya lo hace razonablemente bien.
Pero en los años setenta, el psicólogo William Perry se dio cuenta de que algunas personas alcanzaban un nivel de abstracción que Piaget no había descrito. Esas personas eran capaces de resolver problemas ambiguos, contradictorios y dependientes del contexto: problemas en los que, como suele decirse, dos más dos no suman cuatro. A esa capacidad Perry la llamó pensamiento posformal: la de sostener dos posturas legítimas en tensión, sin forzar una resolución lógica prematura, reconociendo que ambas partes tienen razones de peso y que la solución no consiste en elegir quién tiene razón, sino en integrar lo que cada una aporta.
Y aquí aparece algo paradójico. Alcanzar ese estadio superior (que, advierte el propio Perry, no todo el mundo alcanza) exige antes años de formación formal y, además, años de lo que podríamos llamar «tensión intelectual»: experiencia real usando el pensamiento formal en contextos ambiguos, donde equivocarse tiene consecuencias de verdad. Es una especie de sabiduría que se adquiere por contacto directo con problemas reales, y que exige flexibilizar lo que el conocimiento formal enseñó de manera rígida.
Recogiendo lo dicho: el pensamiento posformal es la capacidad de gestionar la historia, el momento, la ambigüedad, las motivaciones, los objetivos y los valores propios de un problema concreto, algo que no se obtiene solo con más conocimiento ni con más lógica formal. Igual que el pensamiento crítico maduro, no se imparte en un aula. Se gana, más bien, con años de experiencia real en problemas donde equivocarse cuesta algo de verdad.
Necesario, pero no suficiente
Antes dejamos la pregunta planteada sin responder: ¿es el pensamiento crítico condición necesaria y suficiente para protegernos de la IA, o solo necesaria? Aplicada a cualquier servicio profesional, prestado por un asesor externo o por un empleado dentro de la organización, la respuesta es que es necesaria, pero no suficiente. Y la pieza que falta es, precisamente, el pensamiento posformal que acabamos de definir.
El pensamiento crítico resuelve una pregunta muy concreta: ¿es esta conclusión sólida? Comprobar que un argumento no tiene falacias, que las premisas están bien fundamentadas, que la conclusión se sigue realmente de los datos, es indispensable, y sin ese trabajo no hay nada digno de ofrecerse a nadie.
Pero un cliente no contrata a un asesor solo para que le confirme que su razonamiento es válido. Contrata a alguien que sepa, además, si conviene aplicar esa conclusión, tal cual, a su situación concreta, con su historia, su momento y sus objetivos particulares. Esa segunda pregunta (no si la conclusión es correcta, sino si conviene actuar en consecuencia, aquí y ahora) es del dominio del pensamiento posformal. Y es, en última instancia, la habilidad que un servicio profesional vende de verdad.
Se ve con claridad en los mismos ejemplos que hemos usado antes, solo que ahora dentro de un despacho o de una empresa. El asesor que negocia un contrato y, para cerrar el encargo cuanto antes, empieza a decirle al cliente lo que el cliente quiere oír en lugar de lo que necesita saber, no ha fallado por falta de destreza técnica. Ha fallado, mucho antes, en la autorregulación que el pensamiento crítico exige, sustituyéndola por lo que le conviene a él. Y el comité interno que decide continuar un proyecto que lleva dos años sin dar resultados, porque quien lo impulsó sigue siendo el director y nadie quiere ser el primero en decirle que se equivocó, tampoco ha ejercido ni lo uno ni lo otro. Es la misma trampa del pensamiento grupal que veíamos antes, con traje de sala de juntas.
Pero incluso cuando el pensamiento crítico funciona perfectamente, puede no ser suficiente. Piénsese en la sucesión de una empresa familiar, donde un padre que fundó el negocio, una hija que lo ha profesionalizado durante años y un hermano copropietario por herencia tienen, los tres, razones legítimas que ningún silogismo va a conciliar por sí solo. Un abogado que solo busca ganar el argumento formal para su cliente puede construir una conclusión impecable, sin una sola falacia, y aun así no resolver nada en realidad. Una «victoria» que humilla a quien se queda dentro de la empresa suele convertirse, a medio plazo, en una derrota para todos, incluido el que creyó ganar. Ahí el pensamiento crítico ya hizo su trabajo. Lo que falta es la pregunta posformal: si conviene aplicar esa conclusión correcta, sin matices, a una situación donde tres legitimidades distintas siguen sentadas en la misma sala. El trabajo de un mediador, o el de un asesor que entiende la negociación desde la psicología y no solo desde la técnica, consiste precisamente en sostener esas legitimidades en tensión, sin forzar una resolución prematura, hasta encontrar una salida que las integre en vez de que una aplaste a la otra.
Y aquí hay un matiz que conviene no perder: el pensamiento posformal no sustituye al crítico. Se apoya en él. No se puede juzgar con sensatez si conviene aplicar una conclusión sin haber comprobado antes, con rigor, que esa conclusión es sólida. Un juicio posformal construido sobre un análisis débil no es sabiduría. Es improvisación con buena intención, disfrazada de experiencia. El orden importa: primero pensamiento crítico, para saber si algo es cierto. Después pensamiento posformal, para saber si conviene actuar en consecuencia.
La investigación sobre cómo razonamos apunta, además, en esta misma dirección. El razonamiento humano rinde peor en solitario. Tiende al sesgo, a la polarización, a defender la propia postura por pura inercia. Y mejora de forma notable cuando hay, en la sala, alguien capaz de hacer que las partes se escuchen de verdad, a veces por primera vez en mucho tiempo. No es casualidad que los sistemas que mejor funcionan para decidir bien compartan un mismo rasgo estructural. Un tribunal necesita partes contrarias. Un buen consejo de administración necesita consejeros independientes. Un buen equipo interno necesita a alguien capaz de discrepar del director sin que le cueste el puesto. Una buena mediación necesita, precisamente, un tercero neutral. Ninguno de esos sistemas depende de que una sola persona, por crítica y por sabia que sea, piense por todos los demás.
Para terminar
La próxima vez que alguien diga «aquí falta pensamiento crítico», ya sea en un despacho, en un consejo de administración o en una negociación entre socios, quizá la pregunta que merece la pena hacer no sea «¿cómo lo conseguimos ya?». Hay otra pregunta más incómoda, y también más útil: ¿de cuál de todas estas cosas hablamos exactamente? No es lo mismo pedir más destreza lógica que pedir más disposición a estar equivocado. Y desde luego no es lo mismo discutir con más fuerza que pensar con más cuidado.
Decíamos al principio que cabía preguntarse si lo que de verdad protege frente a la IA es el pensamiento crítico, o es el pensamiento posformal. Ya tenemos la respuesta completa: la parte técnica del pensamiento crítico, una máquina ya la reproduce razonablemente bien. De hecho, se dice a menudo que la IA actual resuelve bien el noventa por ciento de los problemas que se le plantean. Lo que queda sin resolver, ese diez por ciento que incomoda, es casi siempre una cuestión posformal: historia, oportunidad, ambigüedad, motivaciones, objetivos y valores. Eso no se automatiza con facilidad, y tampoco se cura con un bálsamo de Fierabrás ni con un curso de un par de horas. Se construye, despacio, con años de experiencia real en problemas ambiguos donde equivocarse cuesta algo de verdad. La inteligencia artificial, de momento, no tiene esa biografía.
Y aquí conviene no cerrar los ojos a la pregunta más incómoda de todas. Ese pensamiento posformal no se instala solo: se cultiva, decíamos, con años de exposición real a problemas ambiguos, casi siempre haciendo antes el trabajo rutinario que a nadie le entusiasma pero que enseña. Revisar cien contratos parecidos, redactar cien escritos similares, ver de cerca cien decisiones que salen bien o mal. Ese trabajo rutinario es, precisamente, el noventa por ciento que la IA ya empieza a resolver razonablemente bien. Si ese vivero se reduce, cabe preguntarse de dónde va a salir la próxima generación de profesionales capaz de sostener la complejidad real de un problema. No es una pregunta retórica, y este artículo no pretende responderla del todo. Quizá la respuesta pase por rediseñar, de forma deliberada, cómo se forma a quien empieza, dándole antes el contacto con la ambigüedad que antes llegaba, casi por accidente, después de miles de horas de trabajo rutinario. Pero ignorar la pregunta sería, otra vez, la versión más cómoda del pensamiento crítico: la que se aplica al argumento ajeno y nunca a la propia profesión.
En los asuntos profesionales que de verdad importan (una empresa que cambia de manos, un socio que se siente traicionado, un cliente cuya confianza se ha ganado o se ha perdido) casi nunca gana quien argumenta mejor. Gana, cuando gana alguien, quien es capaz de sostener la complejidad real del problema el tiempo suficiente como para encontrar una salida que sirva a todos.
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En Estudio Jurídico Alta Mediación combinamos derecho y psicología aplicada precisamente para sostener este tipo de complejidad: en la mesa de una negociación, en un consejo de administración o en la sucesión de una empresa familiar. Si le interesa conversar sobre cómo pensamos las decisiones difíciles, hablemos.