Durante años pensé que era tremendamente empático. En realidad solo estaba siendo simpático. Y la diferencia es enorme.
Cuando un amigo me contaba un problema, mi primera reacción era buscarle el lado positivo cuanto antes. Soltaba frases como «bueno, al menos tú…», «seguro que no es para tanto» o «lo que tienes que hacer es…». Creía que estaba ayudando y que ofrecer estas respuestas era un claro indicio de lo empático que estaba siendo. La realidad era otra: no estaba siendo empático, estaba intentando arreglar su malestar — quizá para aliviar el mío ante su dolor. No estaba simplemente escuchando; estaba escuchando para poder responder.
La simpatía como mecanismo de defensa
La psicología distingue entre empatía y simpatía, y a su vez dentro de la empatía entre su dimensión cognitiva (entender lo que el otro piensa) y su dimensión emocional (sentir, hasta cierto punto, lo que el otro siente). Ambas dimensiones comparten un rasgo que la simpatía no tiene: ninguna necesita resolver nada para ser eficaz. Y esto es clave, porque ser empático no es tratar de resolver o dar soluciones a nada.
La simpatía, por el contrario, es fundamentalmente incómoda con el sufrimiento ajeno, y es precisamente esa incomodidad la que empuja a dar la solución rápida, el consejo no pedido, el «mira el lado bueno». La que hace que nos quedemos en la superficie, en lo intelectual, y que nos lancemos a dar recetas de manual. Irónicamente, ser simpático nos desconecta todavía más de quien sufre, porque minimiza lo que está sintiendo.
La empatía es otra historia. Es una elección consciente que exige esfuerzo: escuchar para comprender, sin juzgar y sin intentar arreglar a nadie. Es sentarte con la otra persona en su incomodidad, en el barro, y decirle «entiendo cómo te sientes; no tengo una solución mágica, pero estoy aquí contigo». No busca la aprobación ni pretende dar la respuesta correcta. Simplemente acompaña.
Un mecanismo que también veo en mi despacho
No es un fenómeno que se quede en las conversaciones de sobremesa. Llevo más de veinticinco años asesorando a empresarios y socios en conflicto, y reconozco exactamente el mismo mecanismo en las mesas de negociación: el socio que llega furioso a mi despacho no busca, en la primera reunión, que le resuelva el problema jurídico. Busca que alguien entienda por qué está furioso antes de decirle lo que «debería hacer». Cuando el abogado (o el mediador, o el consejero) se salta ese paso y va directo a la solución técnica, no es que la solución esté mal. Es que llega a un cliente que todavía no se siente escuchado, y una solución correcta ofrecida al oído equivocado casi nunca se acepta con la misma disposición.
La invitación
La próxima vez que alguien acuda a ti con un problema, te invito a hacer la prueba. Muérdete la lengua antes de dar un consejo no pedido o de buscar desesperadamente el lado bueno de su tragedia. A veces las personas no necesitan que les reparemos la vida; solo necesitan sentir que alguien las está escuchando de verdad.